El soberbio Orinoco

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—¡Bien, bien! —exclamó Juan, ruborizándose un poco—. Esos juramentos no te los he enseñado yo, y será mejor que no los emplees.

—¿Qué quieres? Costumbre de antiguo furriel. Toda mi vida he lanzado rayos y centellas por la boca, y cuando no se entreveran en la conversación, ésta se me antoja falta de encanto… Esto es lo que me gusta en esa jerga española que tú hablas como una señora.

—Pero, Marcial…

—Sí, comprendido… En esa jerga hay juramentos para escoger, tantos como palabras.

—Y esto es lo que tú retienes más fácilmente.

—Convengo en ello, Juan; y no sería el coronel De Kermor, cuando yo servía a sus órdenes, el que me hubiera reprochado mis juramentos de Brest.

Al nombre del coronel De Kermor, el rostro del joven se alteró visiblemente, mientras una lágrima asomaba a los párpados del sargento Marcial.

—Mira, Juan —añadió—; si Dios me dijera: «Sargento, dentro de una hora estrecharás la mano de tu coronel, y diez minutos después te partirá un rayo», yo le respondería: «Está bien, Señor; prepara el rayo y apunta al corazón».

Juan se aproximó al viejo soldado, y le enjugó las lágrimas, mirando con ternura a aquel ser bueno, de rudo y franco natural, capaz de todos los sacrificios. Marcial le atrajo a su pecho y le oprimió en sus brazos.


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