El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —¡No hay que quererme tanto, sargento! —dÃjole Juan acariciándole.
—¿Acaso es posible?
—Posible y necesario; al menos ante el mundo, cuando nos observa…
—Pero cuando no se nos observa…
—Quedas en libertad para tratarme con más dulzura, tomando precauciones.
—Será difÃcil.
—Nada es difÃcil cuando es indispensable. No olvides que yo soy un sobrino tuyo que tiene necesidad de ser tratado severamente por su tÃo.
—¡Severamente! —repitió el sargento Marcial, levantando al cielo sus gruesas manos.
—SÃ; un sobrino que has tenido que traer contigo en este viaje, porque habÃa el temor de que, quedando solo en la casa, cometiese alguna tonterÃa.
—¡TonterÃa!
—Un sobrino del que quieres hacer un soldado como tú…
—¡Un soldado!
—SÃ; un soldado al que conviene acostumbrar a las fatigas y a las privaciones, y al que no debes economizar correcciones cuando las merezca.
—¿Y si no las merece?
—Las merecerá —respondió Juan sonriendo—, porque es un mal recluta.