El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—¡Un mal recluta!

—Y cuando le hayas corregido en público…

—¡Le pediré perdón en privado! —exclamó el viejo sargento.

—Como quieras, mi buen Marcial, pero a condición de que nadie nos vea.

El sargento abrazó a su sobrino, después de advertir que ningún indiscreto podía verles en aquella habitación bien cerrada del hotel.

—Y ahora, Marcial —dijo Juan—, ha llegado la hora de acostarnos. Entra en el cuarto de al lado, y yo me encerraré en el mío.

—¿Quieres que pase la noche de guardia a tu puerta? —preguntó Marcial.

—Es inútil. No hay ningún peligro.

—Sin duda. Pero…

—Si desde el principio me mimas de este modo, vas a desempeñar muy mal tu papel de tío feroz.

—¡Feroz! ¿Puedo yo ser feroz contigo?

—Es preciso… para alejar toda sospecha.

—Juan, ¿por qué has querido venir?

—Porque debía hacerlo.

—¿Por qué no te has quedado en nuestra casa, en Chantenay o en Nantes?

—Porque mi deber era partir.

—¿No hubiera yo podido emprender solo este viaje?


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