El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —No.
—¡Desafiar los peligros en mi oficio! ¡No he hecho otra cosa en toda mi vida! Además, para mà no serÃan los que serán para ti.
—¡Y por eso me he convertido en tu sobrino!
—¡Ah! ¡Si mi coronel hubiera podido ser consultado! —exclamó el sargento.
—Y ¿cómo? —respondió Juan, cuya frente se oscureció.
—No. ¡Era imposible! Pero después de haber obtenido en San Fernando noticias ciertas, si le volvemos a ver, ¿qué dirá?
—Agradecerá a su antiguo sargento que haya accedido a mis súplicas y haya consentido que yo emprendiera este viaje. ¡Te estrechará en sus brazos diciéndote que has cumplido con tu deber, como yo con el mÃo!
—En fin… En fin… —murmuró el sargento Marcial—. Me habrás traÃdo y llevado a tu antojo.
—Lo que está en su lugar, puesto que eres mi tÃo; y un tÃo debe obedecer siempre a su sobrino…, aunque no ante la gente.
—No… Ante la gente, no… Es la consigna —repuso Marcial.
—Y ahora, mi buen Marcial…, vete a la cama y duerme tranquilo. Mañana a primera hora debemos embarcamos en el barco del Orinoco… y no hay que faltar.
—Buenas noches, Juan.