El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Buenas noches, amigo mÃo…, ¡mi único amigo…! ¡Hasta mañana y que Dios nos proteja!
El sargento Marcial se dirigió a la puerta, la abrió, la cerró de nuevo con cuidado, se aseguró de que Juan echaba la llave y el cerrojo por el interior. Algunos instantes permaneció inmóvil escuchando.
Oyó que Juan, antes de meterse en el lecho, murmuraba sus oraciones, y cuando tuvo la certeza de que el joven se habÃa acostado, pasó a su cuarto, y su único rezo consistió en decir, golpeándose la frente con el puño:
—¡SÃ, que el Señor nos proteja, pues esto es endemoniadamente difÃcil!
¿Quiénes son estos dos franceses? ¿De dónde vienen? ¿Qué motivo les trae a Venezuela? ¿Por qué se disponen a representar los papeles de tÃo y sobrino? ¿Con qué objeto van a tomar pasaje a bordo de uno de los barcos del Orinoco, y hasta dónde remontarán el soberbio rÃo?
Imposible es responder aún de manera explÃcita a estas múltiples preguntas. El porvenir lo hará, sin duda, y en realidad, sólo el porvenir puede hacerlo.
He aquÃ, sin embargo, lo que se puede deducir después de su conversación.