El soberbio Orinoco

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Como no se habrá olvidado, el sargento Marcial llevaba a su sobrino en brazos; Varinas, Felipe y Miguel marchaban delante y Jacques Helloch y Germán Paterne les seguían. El último había asegurado que una noche tranquila devolvería sus fuerzas a Juan de Kermor. Había tenido la precaución de tomar su botiquín, y cuidados no le faltarían al joven. El sargento Marcial, siempre desagradable e incomprensible, no cesaba de alejar de su lado a Germán, y, cuando éste quiso aproximarse, dijo:

—Se encuentra bien… Muy bien… Mi sobrino respira como usted y como yo… y nada nos faltará cuando la Gallinetta esté en el puerto.

—Dentro de algunas horas —afirmó Jacques Helloch, que sabía por Valdez y Parchal que las piraguas llegarían antes de la noche.

—Está bien —dijo el sargento…— y con tal de que en San Fernando encontremos una buena cama… A propósito, señor Helloch, le doy a usted las gracias por haber salvado al pequeño/

Sin duda se había dicho que a lo menos debía estas sencillas y breves palabras de agradecimiento; pero ¡con qué tono más singular las pronunció, y qué mirada más cargada de sospechas arrojó sobre Jacques Helloch!

Éste respondió con una inclinación de cabeza, y quedó algunos pasos atrás.


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