El soberbio Orinoco

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De este modo los «náufragos» llegaron por fin al pueblo, donde, por indicación de Miguel, el sargento Marcial alquiló dos habitaciones, en una de las cuales Juan estaría mejor instalado que bajo el rouf de la Gallinetta.

Durante la noche Germán Paterne fue allí varías veces —sin que su camarada le acompañase— para saber noticias del joven. Por toda respuesta le fue asegurado que todo iba lo mejor posible, y que no eran precisos sus servicios, que se le agradecían.

Esto era verdad; el joven Kermor descansaba tranquilamente, y cuando la piragua estuvo amarrada al puerto, el patrón Valdez llevó una maleta con ropas, que el sargento preparó para el siguiente día.

A la mañana, cuando Germán Paterne se presentó, en su doble calidad de médico y amigo, al amigo solamente, a pesar de los gruñidos de su tío, hizo Juan la mejor acogida, mostrándose muy reconocido a sus servicios y sin resentirse de las fatigas de la víspera.

—Ya le dije a usted que esto no sería nada —declaró una vez más el sargento Marcial.

—Tiene usted razón, sargento…; pero hubiera podido ser grave…, y sin mi amigo Jacques…

—Debo la vida al señor Helloch —dijo Juan—, y cuando le vea… no sé cómo podré expresarle…


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