El soberbio Orinoco

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—A. menos —hizo observar Jacques Helloch— que el señor De Kermor no haya querido ocultar su paso por San Fernando…

—¿Y con qué objeto? —preguntó con interés Mirabal.

—Mi padre había experimentado grandes disgustos —respondió el joven, cuyo corazón latía con violencia—. Después de la muerte de mi pobre madre se creyó solo en el mundo…

—Pero… ¿y usted, hijo mío?

—También me creía muerto —respondió el joven, mientras el viejo soldado no cesaba de gruñir en su rincón.

Era evidente que aquella especie de interrogatorio no le agradaba, por referirse a ciertos puntos que siempre había querido mantener en la sombra y que concernían al pasado de su supuesto sobrino.

Ni Mirabal ni Jacques Helloch insistieron. En resumen: el coronel De Kermor, combatido por tantas desgracias, había creído que debía partir secretamente, tan secretamente que su antiguo compañero de armas de nada se había enterado.

No era, pues, imposible que hubiera cambiado su nombre por desear que jamás se descubriera el sitio donde había ido a refugiar una vida herida por tantas pruebas.


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