El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Germán Paterne no creyó deber hacer ninguna observación con motivo de aquel viaje que se iba a prolongar hasta el nacimiento del Orinoco, ¡y tal vez más allá!

Personalmente, esta circunstancia no le disgustaba, y le prometía ocasión de enriquecer sus colecciones, herborizando en la flora del alto río. Esto le permitiría completar su comisión de naturalista, y, realmente, el ministro de Instrucción Pública haría mal en lamentarse de que la expedición se hubiera extendido hasta tan lejos.

Juana de Kermor sentíase conmovida ante la idea de que los dos jóvenes iban a unir sus esfuerzos a los de ella, acompañándola hasta la misión de Santa Juana, y desafiando en interés suyo las eventualidades de aquella expedición, aumentando así las probabilidades de buen éxito. Así es que en su corazón se desbordaba la gratitud hacia el que la había arrancado a la muerte y quería estar a su lado durante el viaje.

—Amigo mío —dijo al sargento—, ¡cúmplase la voluntad de Dios! ¡Él sabe lo que hace!

—¡Antes de agradecer… esperaré al fin! —se limitó a responder Marcial.

Y se fue a su rincón a gruñir a sus anchas, avergonzado, como un tío que ha perdido a su sobrino.

Jacques Helloch había dicho a Germán Paterne:


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