El soberbio Orinoco

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Pero ¿daría el sargento su aprobación a proyecto tan grave? ¿No se opondría al cumplimiento de lo que Juana consideraba como un deber? ¿No se resistiría a él por temor a las fatigas, a los peligros que ella correría en las lejanas regiones de Venezuela? ¡Tantos kilómetros que franquear! ¡Lanzarse una joven a tan aventurada campaña con un viejo soldado por guía, pues seguramente él no la dejaría partir sola…!

—Y, sin embargo, mi buen Marcial tuvo que acceder —dijo Juana, terminando su relato, que acababa de descorrer ante los dos jóvenes el velo del pasado—. Sí, ha consentido, ¿no es verdad?

—Y he tenido ocasión de arrepentirme —respondió el sargento Marcial—, puesto que, a pesar de tantas precauciones…

—Nuestro secreto ha sido descubierto —añadió la joven sonriendo—. Yo no soy tu sobrino, ni tú eres mi tío… Pero ni el señor Helloch ni el señor Germán Paterne dirán nada a nadie… ¿No es verdad, señor Helloch?

—¡A nadie, señorita!

—Nada de señorita, señor Helloch —se apresuró a decir Juana de Kermor—. Es preciso no tomar la mala costumbre de llamarme de ese modo. Acabarán ustedes por descubrir el secreto. No… Juan; nada más que Juan.


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