El soberbio Orinoco

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Juana era entonces mayor. En el tiempo que había vivido bajo el amparo maternal, que así puede decirse, del antiguo compañero de armas de su padre, la educación que recibiera de la familia Heredia se había completado con la instrucción sólida y seria que ofrece la pedagogía moderna.

Imagínese lo que sintió, el ardentísimo deseo que se apoderó de ella cuando el documento referido cayó en sus manos. Era la certeza de que el coronel De Kermor se encontraba en San Fernando en 1879. Y si se ignoraba lo que había sido de él después de este tiempo, por lo menos había un indicio, indicio tan buscado que permitía dar los primeros pasos en el camino de las pesquisas. Se escribió al gobernador de San Fernando varias veces… Las respuestas fueron siempre las mismas… Nadie conocía al coronel De Kermor; nadie recordaba que hubiese estado en el pueblo… Y, sin embargo, la carta existía.

En estas circunstancias, ¿no sería lo mejor ir a San Fernando? Seguramente. Y la joven resolvió partir para este punto.

La señorita De Kermor sostenía correspondencia regular con la familia Heredia. Hizo conocer a sus padres adoptivos su determinación de ir donde tal vez sería posible encontrar las últimas huellas de su padre, y aquéllos no pudieron menos de animarla en su resolución a pesar de las dificultades de tal viaje.


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