El soberbio Orinoco

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—¿Se le ha hablado a usted de Santa Juana?

—Sí…, como de un establecimiento próspero, gradas a los sacrificios de su jefe.

—¿No conoce usted al padre Esperante?

—Sí… Le he visto una vez… Hará tres años… Había descendido al río para asuntos de la misión, y se detuvo un día en Danaco.

—¿Y qué clase de hombre es ese misionero? —preguntó el sargento Marcial.

El delegado hizo del padre Esperante un retrato que concordaba con el que del mismo había hecho el español Jorrés. No era dudoso que el último hubiera encontrado al misionero en Caracas, como había dicho.

—Y después de su paso por Danaco, ¿no ha tenido usted más relaciones con el padre Esperante? —preguntó Juan.

—Ninguna —respondió Manuel—. Sin embargo, varias veces he sabido por los indios que venían del Este, que Santa Juana aumentaba en importancia cada año. La obra de ese misionero es hermosa y honra a la Humanidad.

—Sí, señor delegado —declaró Jacques Helloch—, y honra también al país que tales hombres produce. Seguro estoy de que seremos bien recibidos por el padre Esperante.


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