El soberbio Orinoco

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Saludáronse, Jacques Helloch anunció que las reparaciones de la Gallinetta avanzaban y que estaría dispuesta para navegar al día siguiente.

Partieron en seguida para los campos donde estaban los gomeros.

En realidad, estos campos son más bien bosques donde se han marcado los árboles, como se hace en la época de la poda. No se trataba de cortarlos, pero sí de hacer una incisión en la corteza, de «ordeñarlos», como se dice del árbol de la leche en las regiones australianas.

Manuel, seguido de sus huéspedes, penetró bajo aquellos extraños macizos de caucho en el momento en que los gomeros comenzaban su tarea.

El más curioso de los visitantes, el que más se interesaba en aquella operación en su calidad de botánico, era, ¿quién puede sorprenderse de ello?, era Germán Paterne. Quiso observar de cerca el trabajo, y el delegado se apresuró a responder a todas sus preguntas.

La operación era muy sencilla.

En primer lugar, cada obrero tenía reservados un centenar de gomeros, e iba a abrir su corteza con un hacha pequeña y bien afilada.

—¿Acaso el número de incisiones está limitado? —preguntó Germán.


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