El soberbio Orinoco

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Respecto al sargento Marcial, cuando pensaba en los diversos incidentes sobrevenidos, en su secreto descubierto, en sus planes fracasados, en tantas precauciones destruidas por aquel maldito chubasco, en su situación de tío de Juan de Kermor irrevocablemente perdida… ¡qué de reflexiones no haría!

En el fondo estaba furioso; furioso contra sí mismo, furioso contra todos. Juan no debió haberse caído al río durante la borrasca… Él debió arrojarse para salvarle, y no consentir que otro lo hiciera. Aquel Jacques Helloch no tenía necesidad de haber prestado a la joven sus auxilios. ¿A él qué le importaba? Y, sin embargo, había hecho bien, porque sin él…, no…, ella hubiera seguramente perecido. Verdad que se podía esperar que las cosas no irían más lejos. El secreto había sido cuidadosamente guardado. Observando la reservada actitud del salvador de Juana, el sargento Marcial no veía nada de sospechoso, y su coronel, cuando ambos se encontraran frente a frente, no tendría por qué dirigirle reproche alguno.

¡Pobre sargento Marcial!

Muy de mañana fue despertado por Juan, pues Manuel y sus hijos esperaban ya ante la casa.

Casi en seguida llegaron sus compatriotas, que habían desembarcado un cuarto de hora antes.


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