El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Hay que advertir que Germán Paterne, fiel a la regla que se habÃa impuesto de experimentarlo todo por sà mismo, quiso probar aquel guisote. Pero la repugnancia venció a la curiosidad cientÃfica, y la experiencia fue hecha solamente con el borde de los labios.
—¡Yo te creÃa más devoto de la ciencia! —dijo Jacques Helloch, burlándose de su repugnancia inconciliable con sus instintos de naturalista.
—¿Qué quieres, Jacques? ¡El sacrificio de un naturalista tiene sus lÃmites! —respondió Germán Paterne, procurando disimular una última arcada.
Al dÃa siguiente partióse a primera hora a fin de utilizar la brisa matinal, bastante viva para hinchar las velas de las falcas. Desde el sitio en que estaban veÃanse los perfiles de una elevada cadena de montañas por encima de los bosques, que se extendÃa sobre la ribera derecha hasta el horizonte. Era la cadena del Duido, de la que los viajeros se encontraban aún a algunos dÃas de distancia, y ima de las más importantes en aquel territorio.
Veinticuatro horas después, tras fatigosa jornada, durante la cual el viento habÃa sido intermitente, entre violentas lluvias y cortos claros, Valdez y Parchal amarraron en la Piedra Pintada.