El soberbio Orinoco

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En una excursión que por la orilla de la isla hicieron Jacques Helloch y el sargento Marcial, mataron un perezoso que estaba agazapado entre las ramas de una cecropia, cuyas hojas constituyen su alimento habitual. Después, al volver, y en la embocadura del río Cancha, en el momento en que una pareja de zarigüeyas, pertenecientes a la familia de los didélfidos, se ocupaba en pescar por su cuenta, los cazadores dieron un doble golpe, que fue más diestro que oportuno, pues por alimentarse de pescados, la carne de las zarigüeyas es coriácea y aceitosa; los indios la desprecian y no pueden reemplazar a los monos, que son regalado manjar hasta para los estómagos europeos.

Estos didélfidos recibieron buena acogida por parte de Germán Paterne, que se ocupó, ayudado por Parchal, de prepararlos para conservar la piel.

Respecto al perezoso, que únicamente se alimenta de frutas, se le puso en un agujero lleno de piedras calentadas, donde debía pasar la noche. Los pasajeros se lo comerían en el almuerzo del siguiente día, y aunque su carne, algo fuerte, no les agradó, no sucedió lo mismo a la tripulación. Aquellos indios no eran difíciles de contentar, y uno de ellos llevó aquella noche algunas docenas de gruesos gusanos de tierra, llamados lombrices, de un pie de largo, que cortaron en trozos, los hicieron cocer con algunas hierbas y se regalaron con ellos a satisfacción.


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