El soberbio Orinoco

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Preciso fue, con gran disgusto suyo, renunciar a este medio de transporte. Se hubiera podido continuar el viaje con los botes de las piraguas; pero en cada uno de ellos no hubieran podido embarcarse más que dos personas. Además, ¿cómo prescindir de la ayuda de los barqueros para la maniobra, y qué hacer con los equipajes?

En la mañana de este día, Jacques Helloch, Germán Paterne, Juan, que recobraba la salud a ojos vistas, el sargento Marcial y los patrones Valdez y Parchal, celebraron consejo, consejo que había de ser de gran importancia, y del que dependería la prolongación y tal vez el éxito de la campaña.

Estas seis personas se habían sentado junto a la orilla del bosque, en un sitio qué fue designado con el nombre de campamento del pico Maunoir, aunque el pico se elevase en la otra ribera. Debajo se extendía la meseta de piedras y de arena, en la que las dos falcas yacían en seco a la embocadura del río Torrida.

El tiempo era bueno, la brisa fresca y regular. A la izquierda resplandecía la cima del pico, bañada por los rayos solares, y por la parte Este una ancha placa iluminaba su flanco cubierto de árboles.

Los tripulantes se ocupaban en disponer su primera comida en la proa de las piraguas, empenachadas de una ligera humareda que la brisa arrojaba al Sur.


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