El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco El viento venÃa del Norte, y flojo, de modo que no hubiera sido favorable a la navegación en el caso de que ésta hubiera podido continuarse.
Ni en la parte baja del rÃo, ni en la orilla, ni bajo los primeros árboles del bosque se mostraba un indio. Tampoco habÃa vestigios de casas o cabañas habitadas o abandonadas. Y, sin embargo, de ordinario aquellas riberas eran frecuentadas en esta época. Pero las tribus esparcidas por la superficie de estos territorios no se fijan en ninguna parte. Además, los mercaderes de San Fernando no van jamás tan lejos, pues se verÃan expuestos a que les faltase agua… Y además, ¿con qué pueblo, con qué rancho harÃan su comercio de exportación e importación? Más allá de Esmeralda, ahora desierta, no se encuentra ni aun casas en número suficiente para formar un pueblo. AsÃ, pues, es raro que las piraguas pasen de la embocadura del Cassiquiare… Jacques Helloch tomó la palabra y preguntó:
—¿No ha llegado usted nunca más allá en el Alto Orinoco, Valdez?
—Nunca —respondió el patrón de la Gallinetta.
—¿Ni usted, Parchal?
—Ni yo —respondió el patrón de la Moriche.
—¿Alguno de los tripulantes conoce el curso del rÃo más arriba del pico Maunoir?
