El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Veinte minutos llevaban así, y ya se preguntaban si no sería conveniente volver a la cabaña y de ésta al campamento, cuando creyeron oír gemidos a corta distancia.
Valdez hizo ademán de inclinarse sobre el suelo, no para oír mejor, sino para no ser visto antes de que llegara el momento de hacer acto de presencia.
Más allá de unas calabaceras se abría un claro, donde los rayos del sol penetraban a oleadas.
Apartando las ramas, Valdez pudo observar el claro en toda su extensión, y reconoció que los gemidos venían de aquella parte.
Jacques Helloch, inclinado a su lado, con la carabina preparada, miraba por entre las ramas.
—¡Allí! ¡Allí! —dijo al fin Valdez.
Tantas precauciones no eran necesarias, en aquel momento al menos. No se distinguía, al otro extremo del claro, más que a dos individuos al pie de una palmera.
Uno de ellos yacía en tierra, inmóvil, como si estuviera dormido, o más bien como muerto. El otro, arrodillado, le levantaba la cabeza y lanzaba aquellos gemidos, cuya causa se comprendió entonces.

No había peligro en acercarse a los dos indios, y el deber imponía que se les prestase auxilio.