El soberbio Orinoco

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—Y no puede estar lejos —añadió Jacques Helloch—. ¿Será el que ha disparado?

—Estos indios no tienen ni fusiles, ni pistolas —dijo Valdez—; sólo arcos y cerbatanas. Esto es todo.

—Pues es preciso saberlo —dijo Jacques Helloch, que, recobrado de sus inquietudes, se preguntaba si los quivas de Alfaniz no erraban por los alrededores. Y en este caso—, ¡qué peligros para los viajeros acampados al pie del Maunoir…! Y cuando estuvieran en marcha hacia Santa Juana, ¡qué agresiones debían esperar…!

Jacques Helloch y Valdez salieron de la cabaña con sus armas preparadas, y, ocultándose tras los árboles y los zarzales, se dirigieron hacia el sitio donde había sonado el tiro.

La casa que acababan de abandonar no pertenecía a un poblado. En los alrededores no había señales de desmontes ni de cultivo; ni una plantación de legumbres, ni árboles frutales, ni pastos para el ganado.

Jacques Helloch y Valdez avanzaban lentamente, escuchando y mirando con precaución.

No se percibía más ruido que el grito de los guacos y el silbido de las pavas, ocultas bajo las ramas, o el roce de algún animal salvaje al pasar por entre la maleza.


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