El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco EL JOVEN INDIO
—¡Un tiro! —exclamó Jacques Helloch.
—Y a menos de trescientos pasos —respondió Valdez.
—¿Será que el sargento Marcial se ha puesto a cazar después de nuestra partida?
—No lo creo.
—¿Será el indio a quien pertenece esta casa?
—Veamos primero si está habitada —respondió el patrón de la Gallinetta.
Ambos, que habían retrocedido algunos pasos cuando la detonación sonó, volvieron a entrar en la cabaña.
El interior era tan miserable como el exterior. Había pocos muebles. En el fondo, sobre el suelo de tierra, un lecho de hierba removida recientemente. Varias calabazas estaban al pie de la pared. En un rincón, un canasto con restos de cazabe; un pedazo de pecarí, suspendido de uno de los ganchos del techo. En montón, dos o tres docenas de esas nueces de gavilla, semejantes a almendras; un puñado de hormigas bachacas y de comejenes asados, que constituyen el alimento de los indios bravos, y, sobre una piedra plana, un hogar, donde brillaba aún un tizón que arrojaba espeso humo.
—El dueño de esta casa debía de estar aquí antes de nuestra llegada —dijo Valdez.