El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Lo que decía el niño no asombraba a Jacques Helloch ni a sus compañeros. Por el relato del viajero francés conocían el carácter de los banivas, los mejores navegantes del Orinoco, desde hacía muchos años convertidos al catolicismo, indios inteligentes y honrados. Por una serie de circunstancias particulares y porque la madre de Gomo pertenecía a una tribu del Este, su padre había fijado su residencia en el pueblo de San Salvador, más allá de las fuentes del río. Y al decidirse a abandonar a Santa Juana obedecía a su instinto, que le arrastraba a volver a los llanos, entre San Fernando y Caicara. Esperaba, pues, una ocasión: la llegada de piraguas, a bordo de las que hubiera podido encontrar trabajo, y mientras esperaba, vivía en aquella miserable casa de la sierra Parima.
¿Y qué hubiera sido de su hijo, después del asesinato cometido por Jorrés, si las falcas no se hubieran visto obligadas a detenerse en el campamento del pico Maunoir?
En todo esto reflexionaba Juana de Kermor escuchando al niño.