El soberbio Orinoco

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Naturalmente, Juana se oponía a que por su causa se tomasen tanto trabajo; pero Jacques no quiso escuchar nada, e invocó la autoridad del sargento Marcial. Preciso fue que el sobrino obedeciera al tío.

Germán Paterne y Valdez prepararon la comida. En el río hormigueaban los peces. Gomo mató algunos con sus flechas, al estilo indio, y fueron asados sobre un fueguecillo encendido en la roca. Con las conservas y las tortas de cazabe, y ayudando el apetito producido por cinco horas de marcha, los comensales reconocieron que no habían hedió comida mejor desde…

—¡Desde la última! —declaró Germán Paterne, para quien toda comida era excelente, a condición de satisfacer el hambre.

Llegada la noche, cada cual fue a escoger su sitio, una vez que Juana se hubo acostado en el fondo de su nicho. Gomo se tendió a la entrada. Como el campamento no podía quedar sin vigilancia, se había decidido que durante la primera, parte de la noche, Valdez permanecería de guardia con uno de sus hombres, y durante la segunda, Jacques Helloch con otro.

Efectivamente, era menester advertir toda aproximación sospechosa del lado del bosque y del lado del río o de la ribera opuesta.


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