El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Aunque el sargento Marcial reclamase su parte de guardia, tuvo que consentir en descansar hasta el dÃa. A la siguiente noche se aceptarÃa su ofrecimiento, como también el de Germán Paterne. Jacques Helloch y Valdez bastarÃan, relevándose. AsÃ, pues, el sargento fue a recostarse contra la pared, tan cerca de la joven como era posible.
El concierto de las fieras, al que se mezclaba el de los monos chillones, comenzó desde el oscurecer, y no debÃa terminar hasta las primeras luces del alba.

La mejor precaución para mantener a estos animales a distancia del campamento, hubiera sido encender lumbre y sostenerla toda la noche con leña seca. Pero si este fuego hubiera tenido alejados a los animales, podrÃa atraer a los malhechores, quizás a los quivas, si andaban por las cercanÃas, y lo más importante era no ser vistos por ellos.
Bien pronto, a excepción de Valdez, apostado en la ribera, y del barquero, que cerca de él vigilaba, todos dormÃan.
Hacia la medianoche ambos fueron relevados por Jacques Helloch y el otro de los barqueros.
Valdez no habÃa visto ni oÃdo nada sospechoso. OÃr, hubiera sido difÃcil en medio del tumulto de las aguas del rÃo, chocando contra las rocas de la sierra.