El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Jacques Helloch obligó a Valdez a que fuera a descansar unas horas y subió hacia el ribazo.

Desde allí, no solamente podía vigilar la orilla del bosque, sino la ribera izquierda del Torrida.

Sentado al pie de un árbol enorme, las reflexiones, los sentimientos de que su espíritu y su corazón estaban llenos, no le impidieron hacer buena guardia.

¿Era juguete de una ilusión? A las cuatro dé la mañana, cuando el horizonte del Este comenzaba a blanquear, atrajo su atención cierto movimiento sobre la ribera opuesta, menos escarpada que la ribera derecha. Parecióle que algunas formas se movían entre los árboles. ¿Eran animales? ¿Eran hombres?

Se irguió, trató de ganar la cúspide del ribazo, y logró aproximarse algunos metros hacia la ribera. Allí permaneció inmóvil, mirando…

No vio nada preciso. No obstante, notó alguna animación en la orilla del macizo de la otra ribera. ¿Debía dar la voz de alarma, o, por lo menos, despertar a Valdez, que dormía algunos pasos más allá? Éste fue el partido que tomó, y, tocando al indio en el hombro, hizo que se despertara.

—No se mueva usted, Valdez —le dijo en voz baja—, y observe usted el otro ribazo del río.


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