El soberbio Orinoco

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Valdez, extendido a lo largo, no tuvo más que volver la cabeza en la dirección indicada. Durante un minuto su mirada escudriñó la parte inferior de aquel oscuro macizo de árboles.

—No me engaño —dijo al fin—, hay tres o cuatro hombres que rondan sobre la ribera.

—¿Qué hacer…?

—No despertemos a nadie. Es imposible atravesar el río por este sitio, y a menos que no haya un vado más arriba…

—Pero ¿y al otro lado? —preguntó Jacques Helloch, señalando al bosque que se extendía hacia el Noroeste.

—Nada he visto…, nada veo —respondió Valdez, que se había vuelto sin levantarse—. Tal vez no hay allí más que dos o tres indios bravos.

—¿Qué habrán venido a hacer esta noche en la ribera? No; para mí es seguro que nuestro campamento ha sido descubierto. Y…, espere usted, Valdez. Uno de esos hombres trata de descender hasta el río…

—En efecto —murmuró Valdez—; y no es un indio. Sólo con verle andar se advierte.

Las primeras luces, después de haber contorneado las lejanas cimas del horizonte, llegaban en aquel momento hasta el lecho del Torrida. Valdez pudo, pues, asegurarse en lo que se refería al hombre visto en el ribazo opuesto.


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