El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Son los quivas de Alfaniz —dijo Jacques Helloch—. Ellos solos tienen interés en asegurarse de si estamos o no acompañados de toda la tripulación de las piraguas.
—Y esto hubiera sido lo mejor —respondió el patrón de la Gallinetta.
—Sin duda, Valdez; pero a menos de ir al Orinoco a buscar refuerzos…
—No. Si hemos sido reconocidos, no es ya tiempo de enviar a uno de nuestros hombres al campamento. Seremos atacados antes de recibir auxilio.
Valdez asió vivamente el brazo de Jacques Helloch, que se calló en seguida.
La luz, más intensa ya, alumbraba las riberas del Torrida, mientras que la anfractuosidad en que dormÃan Juan, Gomo, el sargento Marcial, Germán Paterne y el segundo barquero, estaba aún envuelta en profunda oscuridad.
—Yo creo… —dijo Valdez—, creo reconocer… ¡SÃ…! ¡Mi vista es muy aguda…! No puede engañarme. Reconozco a ese hombre… ¡Es el español!
—¿Jorrés?
—El mismo.
—No se dirá que he dejado escapar a ese miserable.