El soberbio Orinoco

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Por lo demás, los pasajeros del Simón Bolívar que desearan conocer el río en su doble aspecto, hidrográfico y geográfico, no hubieran tenido más que dirigirse a Miguel, Felipe y Varinas para obtener respuestas exactas. ¿No estaban estos sabios dispuestos a dar toda clase de detalles sobre los pueblos ribereños, sobre las ciudades, sobre los afluentes, sobre las diversas poblaciones sedentarias o errantes? ¿A qué cicerones más concienzudos pudiera uno dirigirse, y con qué cortesía no se hubieran ellos puesto a la disposición de los viajeros?

Verdad es que entre los pasajeros del Simón Bolívar, los más nada tenían que aprender en lo que al Orinoco se refería, por haber navegado por él veinte veces, unos hasta las bocas del Apure, otros hasta el pueblo de San Fernando de Atabapo. La mayor parte eran comerciantes, traficantes que transportaban mercancías al interior o las conducían a los puertos del Este. Los más, entre estos diversos objetos de tráfico, eran cacao, pieles, cueros de vaca y de cerdo, minerales de cobre, fosfatos, madera para carpintería, ebanistería, marquetería, tintura, habas tonca, caucho, zarzaparrilla, y, en fin, ganado, pues la cría de éste constituye la principal industria de los llaneros.



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