El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Cuando el Simón Bolívar se puso en movimiento, redoblaron los clamores y los adioses, entre los que estallaron vivas en honor del Orinoco y sus afluentes. Apartado el vapor, su poderosa rueda batió el agua con violencia, y el timonel se dirigió hacia el punto medio del río.
Un cuarto de hora después la ciudad había desaparecido tras una vuelta de la ribera izquierda, y bien pronto nada se vio de las últimas casas de Soledad sobre la ribera opuesta.
Se calcula en unos 500 000 kilómetros cuadrados la extensión de los llanos venezolanos. Son llanuras casi planas. El suelo apenas se accidenta en algunos sitios con esas hinchazones llamadas bancos en el país, o esos cerrillos llamados mesas. Los llanos no se levantan más que hacia la base de las montañas, cuya vecindad se deja ya sentir. Son limítrofes de los ríos, y a través de esas inmensas áreas, verdes en la estación de las lluvias, amarillentas y descoloridas en la de la sequía, se desarrolla en semicírculo el curso del Orinoco.