El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Estaba la misión a unos cincuenta kilómetros al Nordeste de las fuentes del río y de la embocadura del Torrida. El sitio era hermoso: el suelo de asombrosa fertilidad y lleno de los árboles más útiles, entre otros esas marimas cuya corteza forma una especie de fieltro natural, bananos, plátanos, cafetales, que se cubren a la sombra de los grandes árboles de flores rojas, caucho, cacaos, y además campos de caña de azúcar y zarzaparrilla, plantaciones de ese tabaco del que se saca el «cura nigra» para el consumo local, y el «cura seca», mezclado con salitre, para la exportación; habas toncas que son muy buscadas; sarrapias, cuyas vainas sirven como drogas. Un poco de trabajo, y aquellos campos iban a producir en abundancia raíces de yuca, cañas de azúcar y maíz, que da cuatro cosechas al año con cerca de cuatrocientos granos por cada uno sembrado.

El suelo de esta comarca poseía tan maravillosa fertilidad, que el buen método del cultivo debían aumentar, porque estaba aún virgen. Nada se había gastado de su poder vegetal. Numerosos arroyos corrían por su superficie, hasta en el estío, e iban a arrojarse en el río Torrida, que durante el invierno aportaba gran tributo de agua al lecho del Orinoco.



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