El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Cuando del pequeño campanario, que se alzaba entre los árboles, se escapaban los sonidos de la campana, ¿quién no hubiera admirado el apresuramiento con que a la iglesia acudían aquellos indígenas, decentemente vestidos y respirando buena salud? Hombres, mujeres, niños y viejos se agrupaban en tomo del padre Esperante, y en la viva expresión de su agradecimiento se hubieran con gusto arrodillado como al pie de la iglesia, ante el presbiterio elevado en la base del cerro en medio de un macizo de palmeras. Eran felices, sus familias prosperaban, vivían a gusto, y cambiaban con provecho los productos de su suelo por los productos manufacturados que provenían del curso inferior del Orinoco, y su situación no cesaba de mejorar ni de aumentar su bienestar. De aquí que otros llaneros llegasen a la misión y que se construyeran nuevas casas. El pueblo crecía, extendiéndose por el bosque que le rodeaba con su eterna verdura. Los cultivos aumentaban sin que hubiera el temor de que faltase el suelo, puesto que puede decirse que las sabanas del Orinoco no tienen límites.






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