El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Fuera error suponer que el establecimiento de la misión de Santa Juana no había estado en ocasiones sometido a rudas pruebas. Sí. Se había desarrollado a costa de admirable abnegación, de perseverantes esfuerzos. Al principio, ¡qué peligros más grandes! Había sido preciso defender el pueblo naciente contra tribus envidiosas, arrastradas por sus instintos de matanza y pillaje. La población se había visto en el caso de rechazar ataques que amenazaban destruir la obra en sus comienzos. Para resistir a las cuadrillas que vagaban a través de la curva del Orinoco o que bajaban de las cordilleras del litoral, se tomaron las más urgentes medidas. El misionero se reveló entonces como hombre de acción y sus ánimos igualaron a su talento de organizador.

Todos los guaharibos que estaban en la plenitud de su vida fueron regimentados, disciplinados, instruidos en el manejo de las armas. Actualmente, una compañía de cien hombres, provistos de fusiles modernos, con municiones, hábiles tiradores —pues poseían la precisión de vista del indio—, daban seguridad a la misión y no dejaban probabilidad de éxito a una agresión que no podía cogerles desprevenidos.




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