El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Al lado de éstos, algunos indios elegidos entre los mejores concurrían a la administración del pueblo. Verdad que se podía decir que el padre Esperante, alcalde y sacerdote, bautizando a los niños, bendiciendo matrimonios y auxiliando a los moribundos, concentraba en sí todos los servicios de la misión.
¿Y no debía verse pagado de todas sus fatigas al observar el grado de prosperidad a que su obra había llegado? Si los sucesores del misionero continuaban el camino por él trazado, ¿no estaba asegurada la vida de aquella creación?
Desde el ataque de los quivas nada había turbado la tranquilidad de los habitantes de Santa Juana, y nada hacía temer que se verifícase otra agresión.
A las cinco de la tarde del primero de noviembre, al siguiente día de cuando Jacques Helloch y sus compañeros habían caído en manos de Alfaniz, un comienzo, si no de pánico, de inquietud al menos, se manifestó en el pueblo.
Un joven indio acababa de ser visto corriendo por la sabana del Suroeste, con toda la rapidez que sus piernas le permitían, como si fuera perseguido.
Algunos guaharibos salieron de sus casas, y así que el indio les vio, gritó:
—¡El padre Esperante! ¡El padre Esperante!
Un instante después, el hermano Angelos le introducía en la habitación del misionero.