El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco 
Éste reconoció en seguida a aquel niño, que habÃa frecuentado con asiduidad la escuela de la misión cuando habitaba con su padre en Santa Juana.
—¿Tú, Gomo? —dijo.
Éste apenas podÃa hablar.
—¿De dónde vienes?
—Me he escapado… Desde esta mañana he corrido… para llegar aquÃ…
El aliento le faltaba al niño.
—Descansa, hijo mÃo —dijo el misionero—. Estás medio muerto de fatiga…
—¿Quieres comer?
—Antes tengo que decirle a usted por qué vine. Le pido auxilio.
—¿Auxilio?
—Los quivas están allá abajo. A tres horas de aquÃ… En la sierra… Por la parte del rÃo…
—¿Los quivas? —exclamó el hermano Angelos.
—Y su jefe también —añadió Gomo.
—¡Su jefe! —repitió el padre Esperante—. Ese presidiario evadido…, ese Alfaniz…
—Se ha reunido a ellos hace pocos dÃas… y anteanoche han atacado a algunos viajeros que yo guiaba hacia Santa Juana.
—¿Viajeros que venÃan a la misión?
—SÃ, padre, viajeros franceses.