El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —¡Franceses!
El rostro del misionero se cubrió de súbita palidez; después, sus párpados se cerraron por un instante.
Tomó la mano del joven, le atrajo a su pecho, y, mirándole:
—¡Di cuanto sepas! —exclamó con voz que involuntaria emoción hacía temblar.
Gomo añadió:
—Hace cuatro días, en la casa que mi padre y yo habitábamos junto al Orinoco, entró un hombre… Nos preguntó dónde se encontraban los quivas y si queríamos conducirle allí… Éstos son los que han destruido nuestro pueblo de San Salvador… Los que mataron a mi madre… Mi padre rehusó, y de un pistoletazo fue muerto.
—¡Muerto! —murmuró el hermano Angelos.
—Sí… Por el hombre… Por Alfaniz…
—¡Alfaniz! ¿Y de dónde venía ese miserable? —preguntó el padre Esperante.
—De San Fernando.
—¿Y cómo había remontado el Orinoco?
—En calidad de barquero, bajo el nombre de Jorrés…, a bordo de una de las dos piraguas que conducían a los viajeros…
—¿Y dices que esos viajeros son franceses?