El soberbio Orinoco

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—Sí… Franceses…, que no han podido navegar más allá del río Torrida… Dejaron sus piraguas en la embocadura, y uno de ellos, el jefe, acompañado del patrón de una de las falcas, me encontró en el bosque junto al cuerpo de mi padre. Tuvieron lástima de mí, me hicieron ir con ellos…, enterraron a mi padre. Después se ofrecieron a conducirme a Santa Juana… Partimos, y anteayer llegamos al vado de Frascaés, donde los quivas nos han atacado y hecho prisioneros.

—¿Y después? —preguntó el padre Esperante.

—¿Después? Los quivas se han dirigido por el lado de la sierra, y hasta esta mañana no he podido escapar.

El misionero había escuchado al joven con gran atención. El brillo de sus ojos indicaba la cólera que sentía contra aquellos bandidos.

—Has dicho, hijo mío —preguntó por tercera vez—, que estos viajeros son franceses.

—Sí…, padre.

—¿Cuántos son?

—Cuatro…

—¿Y les acompañaban…?

—El patrón de una de las piraguas…, un baniva, llamado Valdez, y dos barqueros que llevaban los equipajes.

—¿Y venían…?


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