El soberbio Orinoco

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El pueblo había quedado bajo la autoridad del hermano Angelos, que se pondría en comunicación con los expedicionarios por medio de correos.

El padre Esperante, a caballo, al frente de su tropa, habíase vestido con traje más cómodo que el de un misionero. Cubría su cabeza con un casquete de tela, sus pies con botas; una escopeta de dos cañones pendía de su silla, y al cinto llevaba un revólver.

Mostrábase silencioso y pensativo, lleno de inexplicable quebrantamiento moral, que se esforzaba en ocultar. Las revelaciones hechas por Gomo se confundían en su espíritu.

Estaba como un ciego al que se hubiera vuelto la luz y que se hubiera olvidado de ella.

Al salir de Santa Juana los expedicionarios tomaron a través de la sabana, dirigiéndose al Sudeste, planicie de vegetación arborescente, de numerosos chaparros y palmeras enanas, agitadas por el viento. Aquellos indios, acostumbrados a caminar, avanzaban rápidamente, y los que iban a pie no se quedaban atrás de los jinetes.

El sol se inclinaba gradualmente. Las partes cenagosas de la sierra Parima —pantanos que no se debían llenar más que en la estación lluviosa—, solidificadas entonces por el calor, ofrecían una superficie resistente, que permitía pasar por ellas sin tener que rodeadas.


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