El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Como las dos falcas navegarían unidas, Germán Paterne no se vería reducido a la más espantosa soledad. Siempre que lo deseara tendría la compañía de los dos esposos. Además, los tres comerían juntos a bordo de la Gallinetta, salvo el caso en que Jacques y Juana Helloch aceptaran la invitación que Germán les hiciera para comer a bordo de la Moriche.

El tiempo era favorable, es decir que el viento venía del Este. Los rayos solares, tamizados por ligero velo de nubes, hacían muy soportable la temperatura.

El coronel De Kermor y el sargento Marcial bajaron al final de la orilla para abrazar a sus queridos hijos. Ni unos ni otros procuraban hacerse fuertes contra la emoción propia del caso.

Juana, por enérgica que fuera, lloraba silenciosamente entre los brazos de su padre.

—¡Yo te traeré a su lado, mi querida Juana! —dijo Jacques Helloch—. Dentro de algunos meses estaremos los dos de vuelta en Santa Juana.

—¡Los tres! —añadió Germán Paterne—. Pues me he olvidado de recoger algunas plantas raras que sólo existen en los territorios de la misión…, y yo convenceré al ministro de Instrucción Pública…

—¡Adiós, mi buen Marcial, adiós…! —dijo la joven abrazando al sargento.

—¡Adiós… Juana! ¡Y piensa en el bueno de tu tío, que no te olvidará jamás…!


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