El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Nadie lo sabe —respondió Miguel—, pues no son muy comunicativos. Cuando se pretende entrar en conversación con el joven, el viejo, que tiene todo el aspecto de un antiguo soldado, interviene con aire furibundo, y si se persiste, ordena brutalmente a su sobrino (pues parece que es su sobrino) que se retire a su camarote. Es un tío que tiene aspecto de tutor.

—Compadezco al joven, que ha caído bajo su tutela —dijo Varinas—, pues sufre sus brutalidades, y más de una vez he visto lágrimas en sus ojos.

¡El excelente Varinas había visto esto! En todo caso, si los ojos de Juan se humedecían en alguna ocasión, era al pensamiento del porvenir, del objeto que perseguía, de las decepciones que tal vez le esperaban, pero no porque el sargento Marcial le tratase con demasiada dureza. Pero, después de todo, los extraños podían no comprenderlo así.

—En fin —añadió Miguel—, esta misma noche sabremos si esos dos franceses tienen el propósito de ganar la parte alta del Orinoco, cosa que no me asombraría, pues el joven consulta sin cesar la obra de ese compatriota suyo que hace algunos años consiguió llegar al nacimiento del río…

—¡Si está en ese lado, en el macizo de Parima…! —exclamó Felipe, que debía hacer esta distinción en su calidad de partidario del Atabapo.


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