El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—En efecto, si es el Orinoco —respondió el gobernador—; y después del viaje de ustedes ya sabremos a qué atenemos sobre este punto. Decía, pues, que si Chaffanjon ha podido volver sano y salvo, no ha sido sin correr más de una vez el riesgo de verse muerto, como sus predecesores lo han sido. En verdad, se diría que nuestro soberbio río venezolano atrae a los franceses…, y sin hablar de los que están a bordo del Simón Bolívar…

—Es verdad —interrumpió Miguel—. Hace algunas semanas, dos de esos intrépidos viajeros emprendieron un reconocimiento al través de los llanos, por la parte Este del río.

—Así es, en efecto, Miguel —respondió el gobernador—. Yo les recibí aquí mismo. Eran dos hombres aún jóvenes, de veinticinco a treinta años; el uno, Jacques Helloch, un explorador, y el otro, Germán Paterne, uno de esos naturalistas que arriesgarían su vida por descubrir una nueva brizna de hierba.

—Y después ¿no ha tenido usted noticias de ellos? —preguntó Felipe.

—Ninguna, señores. Sólo sé que embarcaron en una piragua en Caicara, y que se les vio pasar por Buena Vista y Urbana, de donde partieron para subir por uno de los afluentes de la ribera derecha. Pero después no he oído hablar más de ellos, y hay motivo para estar inquieto por su suerte.


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