El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Es probable, tío.

—¡Uno de esos generales sin soldados, como tantos hay en estas repúblicas americanas!

—Tiene aspecto de hombre inteligente —dijo el sobrino.

—Es posible; pero, sobre todo, tiene aspecto de curioso —respondió el sargento Marcial—, porque nos mira de una manera que no me gusta poco ni mucho.

Efectivamente, el gobernador miraba con obstinación al tío y al sobrino, de los que se había hablado durante el almuerzo. Su presencia a bordo del Simón Bolívar, el motivo por el que habían emprendido aquel viaje, el saber si se detendrían en Caicara o irían más lejos, ya por el Apure, ya por el Orinoco, no dejaba de excitar su curiosidad. Los exploradores del río son, generalmente, hombres en la fuerza de su edad, tales como aquellos dos franceses que habían visitado Las Bonitas hacía algunas semanas, y de los que no se habían recibido noticias desde su partida de Urbana; pero era difícil admitir que aquel joven de dieciséis a diecisiete años, y aquel viejo soldado de cincuenta se dispusieran a efectuar una expedición científica.

Después de todo, un gobernador, aun en Venezuela, tiene derecho de inquirir los motivos que traen a extranjeros a su territorio y de dirigirles preguntas sobre esto.


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