El soberbio Orinoco

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El gobernador dio, pues, algunos pasos hacia popa, hablando con Miguel, a quien sus dos colegas, ocupados en su camarote, habían dejado haciendo compañía al gobernador.

El sargento Marcial comprendió la maniobra.

—¡Atención! —dijo—. El general quiere acercarse…, y seguramente nos va a preguntar quiénes somos, a qué hemos venido, dónde vamos.

—Pues bien, Marcial, nada hay que ocultarle —respondió Juan.

—No me agrada que se ocupen de mis negocios, y voy a enviarle a paseo.

—¿Quiere, pues, buscar un conflicto, tío? —dijo el joven reteniéndole con la mane.

—No quiero que nadie te hable…, no quiero que den vueltas en tomo a ti.

—Y yo no quiero que comprometas nuestro viaje con indiscreciones o torpezas —respondió Juan en tono resuelto—. Si el gobernador del Caura me interroga, no me negaré a contestar, y hasta es posible que obtenga de él algunos informes.

Gruñó el sargento, chupó con fuerza en su pipa y se acercó a su sobrino, al que el gobernador dijo en español, idioma que Juan hablaba a la perfección:

—Usted… ¿es francés?

—Sí, señor gobernador —respondió Juan.


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