El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Pero precisamente contra estas visibles simpatías pretendía Marcial defender a su sobrino. No quería que se le mirase tan de cerca, ni que otros, extranjeros o no, demostraran el buen efecto que les causaba su gracia natural y encantadora. Y lo que más irritaba al sargento era que Miguel no ocultaba los sentimientos que le inspiraba el joven. El gobernador de Caura poco importaba, puesto que quedaría en Las Bonitas; pero Miguel era algo más que un pasajero del Simón Bolívar, puesto que debía remontar el río hasta San Francisco… y cuando hubiere entablado relaciones con Juan sería muy difícil cortarlas… Pero ¿por qué esto?, podría preguntarse al sargento Marcial. ¿Qué inconveniente habría en que aquellas distinguidas personas entablaran amistad con ellos, cuando hasta podrían prestarles positivos servicios en una navegación, por el Orinoco, que no deja de tener sus peligros? ¿No era esto cosa natural? Sí; y, sin embargo, si se hubiese suplicado al sargento Marcial que explicase la razón de su conducta, «¡Porque no me conviene!», hubiera respondido con tono iracundo, o preciso sería conformarse con tal respuesta a falta de otra, que sin duda se habría negado a dar.

Por lo demás, en aquel momento no podía enviar al gobernador a paseo y tuvo que dejar que el joven tomase parte en aquella conversación.

El gobernador preguntó entonces a Juan el objeto de su viaje.


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