El soberbio Orinoco

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La precisa afirmación del gobernador pareció causar impresión profunda al joven. Su rostro, animado durante la conversación, perdió el color. Humedeciéronse sus ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominarse.

—Le agradezco a usted, señor gobernador —dijo—, el interés que mi tío y yo le inspiramos. Pero aunque usted no haya oído hablar nunca del coronel De Kermor, él estaba en San Fernando en abril de 1879, puesto que desde dicho punto envió la última carta que de él se ha recibido en Francia.

—Y ¿qué iba a hacer en San Fernando? —preguntó Miguel, pregunta que aún no había hecho el gobernador.

Lo que le valió al honorable miembro de la Sociedad Geográfica una iracunda mirada del sargento Marcial, que murmuró entre dientes:

—¡Ah! ¿También éste se mezcla en la conversación? El gobernador, pase…, pero éste…

Sin embargo, Juan no vaciló en responder:

—Ignoro lo que iba a hacer el coronel, caballero… Es un secreto que descubriremos si Dios nos permite reunimos a él…

—¿Qué lazo le une a usted con el coronel De Kermor? —preguntó el gobernador.

—Es mi padre —respondió Juan—. Yo he venido a Venezuela para encontrar a mi padre.


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