El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Miguel había referido a sus dos amigos la conversación de Juan Kermor y del gobernador. Los dos sabían, pues, ahora, que Juan iba en busca de su padre bajo la tutela de un viejo soldado, el sargento Marcial, que se decía tío suyo. Hacía catorce años que el coronel De Kermor había abandonado Francia para ir a Venezuela. Por qué motivos se había expatriado, qué hacía en aquellas comarcas… tal vez el porvenir lo aclarase. Lo cierto era que, según la carta escrita a uno de sus amigos —carta que no fue conocida sino años después, de su llegada—, el coronel estaba en abril de 1879 en San Fernando de Atabapo, aunque el gobernador del Caura, que residía entonces en aquel pueblo, no hubiera tenido conocimiento de ello.
He aquí, pues, por qué Juan de Kermor, resuelto a encontrar las huellas de su padre, había emprendido aquel peligroso y difícil viaje. Semejante determinación en un joven de diez y siete años era para conmover a almas generosas. Miguel, Felipe y Varinas se prometieron ayudarle en lo posible.
Pero ¿conseguirían domar la ferocidad del sargento Marcial? ¿Les permitiría éste estrechar las relaciones con su sobrino? ¿Triunfarían sobre la desconfianza verdaderamente inexplicable del antiguo soldado? ¿Dulcificarían las miradas del cancerbero? Difícil sería; pero tal vez sí, sobre todo en el caso de que la misma embarcación les condujera a San Fernando.