El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Caicara es un pueblecillo fresco y alegre, agazapado entre las primeras colinas y la ribera derecha del río, frente a la ciudad de Cabruta, que ocupa la otra ribera en el nacimiento del Apurito. Delante se extiende una isla, semejante a las muchas que se encuentran en el Orinoco, cubierta de frondosos árboles. Su minúsculo puerto se dibuja entre negras rocas que erizan la corriente del río. Hay unas ciento cincuenta casas, la mayor parte de piedra, con tejado de hojas de palmera, y algunas cubiertas con tejas, cuyo rojo color se destaca del verde de los árboles. El pueblo está dominado por un montecillo de cincuenta metros de altura. En la cúspide vése un convento de misioneros, abandonado desde la expedición de Miranda y la guerra de la Independencia, y que en otra época mancharon prácticas de canibalismo, y de aquí la justificada reputación que merecían los antiguos caribes. Por lo demás, las antiguas costumbres indias están aún en uso en Caicara, hasta aquellas que mezclan el cristianismo a las más inverosímiles ceremonias religiosas. Tales son las del velorio, la de la vela de los muertos, a la que pudo asistir el explorador francés. Allí, en medio de los numerosos invitados, que no economizan ni el café, ni el tabaco, ni, sobre todo, el aguardiente, y en presencia del cadáver del esposo o del hijo, la esposa o la madre abre el baile, y las danzas no terminan más que con las fuerzas de los bailarines, agotadas por la borrachera. El cuadro resulta más coreográfico que fúnebre.


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