El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—¡Vaya…! ¡Sólo hubiera faltado que aceptase la compañía de esos tres venezolanos!

—Has hecho bien en rehusar…; pero era preciso mayor cortesía, querido tío.

—No tenía por qué guardarla con un indiscreto.

—Miguel no ha sido indiscreto; se ha mostrado servicial, y su proposición merecía ser aceptada… si hubiera sido posible. Pero al rechazarla debiste agradecerla en buenos términos. ¡Quién sabe si sus amigos y él, tío, están llamados a facilitarnos nuestra tarea, merced a las relaciones que sin duda tienen en San Fernando, y que pueden ayudarnos a encontrar a ti a tu coronel, mi buen Marcial, y a mí a mi padre!

—¿De modo que he obrado mal?

—Sí, tío.

—¿Eres tú el que tiene razón?

—Sí, tío.

—Gracias, sobrino.

Las piraguas más pequeñas del Medio Orinoco están labradas en el tronco de un árbol grueso, entre otros, el cachicamo. Las más grandes, con planchas unidas, redondeadas en los flancos, talladas de proa a popa, se levantan en arco en la popa. Estas embarcaciones, construidas con bastante solidez, resisten al desgaste del arrastre sobre los bajos fondos, y a los choques del acarreo, cuando es preciso transportarlas más allá de los raudales infranqueables.


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