El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Muy bien, señor De Kermor —respondió Miguel—. No pretendemos molestarles en nada, y a pesar de la respuesta un poco… seca de su tÃo…
—¡Es la de un antiguo militar, caballero! —respondió Marcial.
—¡Sea! Sin embargo, si mis amigos y yo podemos serles útiles durante el viaje…
—Se lo agradezco por mi tÃo y por mà —respondió el joven—; y en caso necesario, crea usted que no dudaremos en acudir a ustedes.
—¿Oye usted, señor sargento? —preguntó a éste Miguel en tono ligeramente burlón.
—Oigo, señor geógrafo —respondió el sargento con tono de enfado, pues no querÃa dar su brazo a torcer.
Miguel tendió su mano a Juan, que la estrechó cordialmente, lo que hizo asomar a los ojos de su tÃo resplandores vivos acompañados de un sordo y desagradable gruñido.
Cuando el sargento Marcial y su sobrino estuvieron solos, el primero dijo:
—Ya has visto cómo he recibido a ese hombre…
—Le has recibido mal, y has cometido una inconveniencia.
—¿Una inconveniencia?
—Completa.