El soberbio Orinoco

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—Lo siento… Sí, lo siento… señor Miguel —respondió el sargento Marcial, que no se encontraba en buen terreno—; pero sólo con una negativa puedo responder a usted.

—Una negativa puede darse en formas corteses…; en la de usted no reconozco la política francesa.

—¡Eh, caballero! —respondió el soldado, que comenzaba a enfadarse—. Aquí no se trata de política… Usted me ha hecho una proposición… y yo tengo motivos para no aceptarla… y se lo he dicho a usted sin rodeos… Y si usted encuentra en esto algún motivo de queja…

El aire altivo que tomó Miguel no era para calmar al sargento Marcial, que no poseía tesoros de paciencia. Entonces Juan de Kermor intervino, diciendo:

—Caballero…, perdone usted a mi tío. Su intención no ha sido molestar a usted. Lo que usted nos propone atestigua gran cortesía por su parte, y en otra ocasión hubiéramos sido muy dichosos con aprovechamos de su buena voluntad. Pero nuestro deseo es tener una embarcación para nosotros solos, de la que podamos disponer siempre, según las circunstancias; pues es posible que los informes recogidos en el camino nos obliguen a cambiar nuestro itinerario, a permanecer en un pueblo o en otro… En una palabra, tenemos necesidad de la más completa libertad.


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