El soberbio Orinoco

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—Reflexiona, tío. ¿No es preferible que nos reserve sus amabilidades para el fin? ¡Quién sabe si no nos veremos obligados a ir hasta su nacimiento!

—Sí… ¡Quién sabe! —murmuró el sargento—. Y ¡quién sabe lo que allá abajo nos espera!

El día 20 la violencia del chubasco disminuyó notablemente por cambiar el viento, que volvía a soplar del Norte. De mantenerse así, las piraguas podrían aprovecharlo. Los patronos Martos y Valdez declararon que se podría partir al día siguiente a media mañana; y, en efecto, la partida se efectuó en condiciones muy favorables. A las diez, los habitantes de la aldea estaban en la ribera. El pabellón de Venezuela flotaba en la extremidad del mástil de cada piragua. En la proa de la Maripare estaban Miguel, Felipe y Varinas, que respondían con sus saludos a las aclamaciones de los indígenas. Después, Miguel se volvió hacia la Gallinetta y gritó alegremente:

—¡Buen viaje, señor sargento!

—¡Buen viaje, caballero! —respondió el viejo soldado—; pues si es bueno para usted…

—Será bueno para todos —añadió entonces Miguel—, puesto que lo hacemos juntos.


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